Alberto, el mozo riojano que atendió a Serrat, Pappo y Alfonsín

Desde sus inicios en Capilla del Monte, Alberto López jamás pensó que su actividad como mozo lo llevaría a conocer y atender a gran parte de las figuras más relevantes de la música popular y la política nacional y del mundo.

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Cuando Alberto López tenía apenas 6 años, emigró desde su La Rioja natal hasta la singular Capilla del Monte, en Córdoba, para vivir junto a una de sus tías, una excelente cocinera, que además tenía más posibilidades de darle un lugar y un estudio. Atrás quedaban sus padres, él policía, y ella ama de casa, y nada menos de 14 hermanos, cuenta Diario Popular.

De algún modo, su vida pegó un giro, ya que de a poco, el pequeño Alberto aprendió a querer a su tía como a su propia madre, “ya que ella me crió y me dio todo”, y tras esforzarse por terminar su colegio primario, se dedicó a ayudarla en quehaceres gastronómicos en una colonia de los empleados textiles en la localidad cordobesa.

Ya en la adolescencia, Alberto se familiarizó con el oficio de mozo que no abandonaría hasta hoy, y alternó en cafeterías y bares de esa ciudad tan vinculada a mitos y realidades sobre la energía que emana de su misterioso cerro Uritorco.

Pero si había algo que a Alberto López la apasionaba era la música, y el destino quiso que este hombre que es separado y padre de tres hijos, Matías, Eduardo y Malvina, tuviera el privilegio de ser mozo durante casi 25 años en uno de los lugares míticos del movimiento rockero: La Perla, el bar de Rivadavia y Jujuy, en pleno barrio de Once, que por desgracia cerró sus puertas hace pocos meses, aunque en el mismo lugar se instaló otra cadena de pizzerías que lo mantuvo con el plantel original de trabajadores junto a otros colegas.

“Yo hasta fines de los ‘60 no sabía que había rock en Argentina, – señala- pero un día llegaron a uno de los bares clásicos de Capilla tres personas muy jóvenes, los atendí, me puse a hablar con ellos, y resulta que eran Pipo Lernoud, Litto Nebbia y Tanguito, que habían ido unos días por la temporada, a tocar en un par de boliches”.

Alberto comenta que “me dijeron que sería bueno que el bar pusiera música nacional, en especial rock, y no había esos discos allá, y me contaron lo que hacían ellos, y que me iban a traer discos. Así, me trajeron discos de Los Gatos, de Pappo y de Moris, y gracias a esto la gente del pueblo empezó a conocer lo que se hacía acá”.

De todos modos, como la vida no era fácil en Capilla fuera de la temporada, Alberto decidió quemar las naves y se vino a Buenos Aires, donde de a poco, y no sin sacrificios, se fue abriendo camino. “Mi primer trabajo lo conseguí en una confitería en Primera Junta, y donde trabajé más en eventos, como casamientos y cumpleaños, y un tiempo después tuve la ocasión de ingresar al restaurant que tenía el ex presidente de River, Aragón Cabrera, cerca de la General Paz”.

De aquellos diez años de servicio en el local, Alberto recuerda a comensales notorios, pero el que más lo impactó fue Joan Manuel Serrat, a quien define como “un señor, una excelente persona, un tipo muy amable”. También eran frecuentes las visitas de Palito Ortega, Graciela Alfano (“era simpática y muy elegante en esa época”, evoca), y de muchos dirigentes y jugadores de fútbol, sobre todo de River y de Deportivo Español cuando el club estaba en primera división.

Luego de un período en el que volvió a Córdoba para trabajar en Carlos Paz, Alberto decidió volver para estar con sus hijos, que aún eran chicos, pero el retorno no fue fácil, ya que el trabajo comenzó a escasear.

En 1994, gracias al dato de un amigo, empezó a trabajar como extra en el bar La Perla, la mítica esquina en la que dos décadas antes los hippies y bohemios se reunían hasta la madrugada, y donde Tanguito y Nebbia compartieron la composición de “La Balsa”, un hit fundacional del rock en castellano.

Conoció a Pappo, uno de sus ídolos

Durante varios años, La Perla sumó a su oferta durante los fines de semana noches de recitales, con lo mejor y lo más clásico del rock argentino. Y así, para Alberto fue un sueño hecho realidad alternar y atender a figuras como Emilio Del Güercio, Rodolfo García (además programador del ciclo), Gustavo Bazterrica, Moris, Ricardo Soule, Javier Martínez, Claudia Puyó, Alma y Vida, Vox Dei y en un par de ocasiones, Spinetta y Charly García, que tocó un par de veces.

“Pude conocer a Pappo, uno de mis ídolos, que solía venir con su grupo, tomaban cerveza y comer pizza, y dejaba su moto estacionada en la esquina”, destaca ,y también recuerda a un personaje como Pajarito Zaguri, “que aquí grabó parte de un documental sobre su vida, le gustaba la pizza y el vino, y me saludaba con un “qué hacés tío pelado”, le encantaba improvisar en el escenario”. Por supuesto que Alberto tiene un tesoro en discos, fotos y programas firmados y dedicados por los músicos a los que atendió y con quienes además compartió muchas charlas. Y asegura que “yo disfruté mucho de mi trabajo, siento que cuando uno disfruta de lo que hace, es como que no estás trabajando”.

Otros famosos que pasaron por sus mesas

La memoria es un buen aliado de Alberto. Por eso, recuerda que el primer recital que se hizo en La Perla fue el de Javier Martínez. Sobre él, dice que “es una biblioteca abierta, sabe de todo, y en sus recitales hablaba tanto como cantaba, explicaba las canciones, tiene mucha inventiva”.

Pero no sólo de músicos se alimentó el legendario local. Alberto rememora que “además traté a muchos políticos de diversas tendencias, acá vino Domingo Cavallo, y también Raúl Alfonsín, que era amigo del anterior dueño de La Perla. Vino tanto antes como después de ser presidente, era un hombre muy correcto, y solía encontrarse con sus correligionarios”.

En un local que más de medio siglo atrás era punto de encuentro entre maestros de la literatura como Borges, Sábato y Macedonio Fernández, y que en los ‘60 albergó los sueños de los primeros rockeros, Alberto rescata anécdotas especiales, como cuando a veces “se cortaba la luz y había que poner un generador afuera para seguir con los shows, y no faltaban los huéspedes del hotel de al lado, que tiene conexión con el local, que se quejaban por el sonido o la luz, pese a que el lugar tiene una buena aislación”. Alberto es un agradecido de conservar su trabajo, aunque el cierre de La Perla le produjo cierta congoja por lo que significaba. Sobre esto, reflexiona que “el argentino no sabe mantener la historia y las tradiciones, en otros lados del mundo, como en Europa, los lugares se conservan y se valora su significado o su valor cultural”.



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